Y es que esto va así, nunca he sido de los que le gusta colorear, de hecho mi motricidad fina tiene serios problemas. Eso lo sé desde que era niño, cuando mi nivel de frustración se incrementaba cada vez que me salía de la línea.

 

Recuerdo que cuanto más me enfocaba en colorear perfectamente, más me equivocaba: vaya que era desagradable. En fin, nunca me gustó, no me consideraba creativo para esos asuntos.

 

Tanto en el colegio como en la universidad me calcaba los trabajos de mis compañeros en la asignatura de dibujo técnico. Y no, no me avergüenzo de ello. La verdad, nunca le vi sentido a esa materia —sin menospreciar a nadie, ¿eh? Estoy seguro que es solo ignorancia mía.

 

Pero fue entonces cuando en una calurosa tarde de invierno en Panamá (sí, calurosa en invierno), en donde no había brisa y había mucha humedad, con el tráfico en su mejor momento (acá las cosas que hago en el tráfico: Antología de 12 minutos de tráfico), decidí tomarme un café caliente en un sitio muy nice de esta ciudad.

 

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