Catalina y el flash de su iPhone

Foto por Pete Bellis

 

Catalina se levanta de la mesa lenta y sigilosamente para evitar que su madre le pida que lave los platos, mientras está de espaldas preparando café y revisando el Facebook.

 

Justo cuando cree que triunfó, su mamá dice:

 

— Te toca lavar los platos y sacar a Pancho, o ¿tú crees que tienes sirvienta?

Catalina voltea los ojos.

 

— ¡Todo yo, todo yo! Soy una adolescente abusada por su madre. ¿Sabías que te puedo denunciar por abuso al menor? Podría decir que me explotan y no me dejan ser una joven feliz y que eso afecta mi conducta, lo cual probablemente me lleve al fracaso como adulta —responde Catalina indignada y con cara de ofendida.

— Hazlo rápido, o te daré motivos verdaderos para que me denuncies carajita, no te lo vuelvo a repetir. ¡Dame paciencia, Señor! — dice Victoria mientras respira profundo y chequea un meme que recibió por WhatsApp — . Y me vas quitando esa cara de pendeja.

 

Catalina voltea los ojos, frunce el ceño y piensa: «¡Maldita mujer!». Y empieza a lavar los platos preguntándose por qué su mamá usó tantos cubiertos, ollas, platos y vasos para unos huevos revueltos con tocino.

 

«Seguramente lo hace apropósito porque ella no tiene que lavar esta cochinada. ¡La odio, la odio!», piensa Catalina sin emitir el más mínimo sonido.

 

— ¡Mira, carajita, me partes la vajilla de tu abuela y te quedas sin saldo el mes que viene, tú decides! —exclama Victoria ya irritada y preguntándose a sí misma qué hizo mal, qué hizo para merecer tanta ingratitud. Ojalá ella hubiese tenido una mamá como ella misma — . Estos carajitos no la valoran a una. — Continuaba murmurando Victoria.

 

— Ujumm… —replica Catalina.

 

— ¡Ujumm qué! ¡Ujumm qué! — Victoria alzaba la voz más irritada aún pero sin despegar la vista del grupo de WhatsApp «Vecinas 2.0».

 

— Nada. Ya terminé, me voy con Pancho, ¡chao, chao! — responde Catalina con desdén. Ya quiere salir de esa casa-infierno, está harta — . ¡Vamos, Pancho, vamos!

 

Pancho, como siempre, fiel y feliz mueve la cola con el ímpetu de un joven muchacho.

 

Catalina le coloca la correa a Pancho, agarra su iPhone, se arregla un poco el cabello con el estilo de la princesa Leia, porque ella cree que es cool y hípster, y sale lo más rápido que puede de su casa.

 

«Es una mañana bastante fría para ser verano, debí traerme un suéter al menos…», piensa Catalina mientras la fuerte brisa la pone de peor humor.

 

No entiende el chisme que hay en el grupo de «Amigas y Rivales Ohaie». Se perdió como cinco minutos del chat y ahora tiene 180 mensajes sin leer solo de ese grupo. — ¡Por culpa de la vieja Victoria, aagh!

 

Mientras trata de ponerse al día con el chisme, tiene que levantar su cabeza unos segundos y separar su mirada del iPhone porque Pancho se volvió loco con otro perro del parque, y es en ese instante en el que ve a Martín.

 

«Martín, Martín…», suspira y pone cara de estúpida.

 

Nunca los han presentado, ni sabe su nombre verdadero, pero tiene que ser «Martín», tiene cara de Martín, no podría tener otro nombre.

 

«Martín, mi príncipe mestizo», piensa Catalina consciente de que no es negro pero tampoco blanco. Y es que no puede ser un príncipe azul, porque esos son súper básicos y aburridos; este es un príncipe de verdad, un príncipe mestizo, como Snape, un héroe con capa pero sin máscara.

 

Debe tener los ojos marrones, lo supone porque muy rara vez lo ha visto despegar sus ojos del celular.

 

«Su perfecto cabello negro con gomina olor a Old Spice…». No es que lo haya olido alguna vez, aunque lo intentó una vez que le pasó muy cerca, pero el olor a humo de los carros pudo más.

 

Y el olor a Old Spice lo conoció en la farmacia. Un día decidió que tenía que saber cómo era esa fragancia para ponerle un olor a su príncipe.

 

Es bastante flaco, más de lo que debería, pero de seguro se le marcan esos abdominales bajo el suéter negro que nunca se quita.

 

Su manos son bonitas a pesar de que se come las uñas, las vio una de las veces que le pasó muy cerca.

 

Así que, como es de costumbre, tenía que acercase una vez más, solo un poco lo suficiente como para…

 

«No sé, solo lo suficiente».

 

Abre la cámara frontal de su teléfono para limpiarse la grasa de la cara, se peina un poco, se muerde los labios para que parezcan más rojos de lo normal, se limpia los ojos, mete la panza, saca el pecho y se dibuja una sonrisa inocente en la cara para luego decir: — Vamos, Pancho, ¡vamos!

 

En ese instante le corta la inspiración a Pancho, que por fin estaba expulsando lo que debe expulsar, para ir caminando apresuradamente hacia el banco donde está Martín.

 

Siempre ha pensado en qué le diría si algún día tuviese la osadía de saludarlo. Tipo la canción «Jueves» de la Oreja de Van Gogh. Pero siempre termina con el corazón acelerado y más nerviosa de lo normal.

 

En ocasiones Martín está leyendo en la plaza, lo cual es bastante raro para un chico de su edad.

 

Una vez se fijó en qué leía y, para su decepción, era algo relacionado con animé, manga o algo así. Bueno, no todo puede ser perfecto, aun así lo quiere.

 

«¿Lo quiero?».

 

«Pff, ¡qué galla!». ¿Cómo lo va a querer si no lo conoce?

 

Bueno, lo quiere para ella.

 

Catalina se acerca cada vez más, su corazón late muy fuerte, sus manos empiezan a sudar y empieza a quitarse la pintura de las uñas con las uñas.

 

Martín está absorto en alguna red social que Catalina no puede descifrar.

 

Sin tan solo supiera su cuenta de Instagram sería la chica más afortunada del planeta.

 

«Pero… ¿y si lo tiene privado?».

 

Catalina sería capaz de crearse una cuenta falsa solo para verlo. No se atrevería a usar su propia cuenta llena de fotos de plantas, carátulas de discos súper pop y fotos de Taylor Swift.

 

Catalina está a unos escasos dos metros de distancia de Martín, nerviosa, pero segura de que él ni se dará cuenta de que ella existe como siempre, o como nunca.

 

«¡Dios qué bello es!», piensa Catalina . «Le tengo que tomar otra foto, no tengo ninguna foto en este ángulo. Lo haré rápido y me voy».

 

Ya tenía el teléfono en la mano, va al acceso directo de la cámara, cambia al lente frontal rápidamente y presiona la tecla de volumen para tomar la foto disimuladamente.

 

Una luz escandalosa y blanca es emitida por la parte trasera de su teléfono.

 

EL FLASH.

 

Catalina siente cómo su corazón se detiene y su mano tiembla como nunca antes tratando de esconder el teléfono antes de que Martín levantara su mirada. Pero ya era tarde, Martín ya la estaba mirando directamente a los ojos con una expresión bastante difícil de descifrar, digamos que poker face.

 

La reacción inmediata de Catalina es apresurar el paso y llevarse a Pancho casi que arrastras; tiene que huir del sitio ya mismo.

 

¡No puede ser!, Martín la capturó mientras ella le tomaba una foto.

 

«¡¿Qué clase de freak hace eso?!».

 

Quería correr pero sería muy ridículo. O quizás no.

 

Quería ir al baño a hacer número 1 y número 2.

 

Quería llorar. Qué idiota fue. Qué imprudente. Qué galla.

 

«Necesito mudarme de país y cambiarme de identidad», pensaba ridículamente Catalina.

 

Quería voltear la cabeza pero su cuello estaba tan tenso que era imposible siquiera voltear la mirada hacia atrás.

 

«¡¿Qué hago?!», gritaba en su pensamiento Catalina, cuando se le ocurrió la vieja técnica de sacar el teléfono y hacer como si tenía una llamada telefónica mientras caminaba rápidamente buscando la salida del parque.

 

En el camino ve un bebedero de agua, se acerca y empieza a tomar agua, o más que todo, a recibir agua en la cara.

 

Su corazón aún late fuertemente, mil cosas sin sentido pasan por su cabeza, cuando de repente siente una mano en su hombro.

Catalina siente las piernas flojas.

 

Todo su cuerpo tiembla sin ningún tipo de control.

 

Voltea lentamente como en una película modo slow motion.

 

Se escucha la canción de Doña Florinda y el Profesor Jirafales.

 

Se escucha también la canción de fondo de Psicosis cuando Norman entra a la ducha.

 

— ¿Con que te dicen «Paparazzi», no? — dice Martín con una cara muy seria.

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